El otro día, el pasado jueves para ser más exactos, empecé a jugar al Madden 16 que me trajeron los Reyes. Podría contaros como es mi partida, que me he cogido a los Titans en modo franquícia con el único objetivo de sacarlos de Nashville y llevarlos a un mercado un poquito mejor (que su situación real me da un poquito de penita, la verdad), que mi QB #1 es Robert Griffin o que ya me han recomendado que varíe el precio de los cacahuetes tres veces en lo que llevo de temporada. Pero no, lo que quiero contaros sobre el Madden no son mis partidas sino lo que he visto en el simulador de juego. Me gusta. Me gusta porque, sin haber unas variaciones enormes en relación a otras versiones del Madden que tenía, sí que tiene pequeños cambios que mejoran la jugabilidad (más orientado a sacar partido de aspectos tácticos, distintos tipos de lanzamiento del quarterback, movimientos específicos de pass-rush, etc.). Y eso es muy positivo porque, aunque un producto sea muy bueno, siempre hay que buscar la manera de mejorarlo porque en caso contrario a nuestro producto se le empieza a pillar el tranquillo, deja de ser interesante. Y este principio aplica siempre, hablemos de un videojuego o de cualquier otra cosa que sea susceptible de ser mejorada. Sí, un equipo de la NFL entraría perfectamente dentro de esta categoría. Y es que por muy buenos que sean los equipos tienen que ir mejorando año a año, porque si los equipos siempre proponen exactamente lo mismo se acaban volviendo planos, predecibles y, en última instancia, vulnerables. Pues parece ser que los Seattle Seahawks este concepto no lo han entendido del todo bien.

Digo que no lo han entendido del todo bien y no que no lo han pillado por ningún lado porque es obvio que durante los últimos años en Seattle sí que han hecho cosas para intentar mejorar el equipo. El ataque concretamente. Sólo pensando en ese concepto se entiende el súper trade de esta pasada offseason. La adquisición de Jimmy Graham en esta offseason fue claramente un intento desesperado para que Russell Wilson tuviera un objetivo primario realmente fiable y no dependiera de la inspiración de los Baldwin, Kearse, Willson y otros jornaleros de turno. Pero lamentablemente el front office y los entrenadores no dieron la misma importancia a esta adquisición. Así pues, si bien desde arriba los Seahawks no tuvieron ningún reparo en dar a su center titular (Max Unger) y una primera ronda para obtener a Graham, porque pensaban que era una adquisición clave para el éxito del equipo, los entrenadores nunca tuvieron intención de modificar sus esquemas para convertirle en el go-to-guy del ataque. Y eso no sólo se notó en la escasez de cambios en el ataque base, que esencialmente seguía siendo ese mismo ataque de los últimos años en el que el tight end se iba a las 40 yardas como mucho, sino que además tenía como efecto secundario que el ataque operaba a un rendimiento menor que el de otras temporadas precisamente debido a la pérdida de calidad en el interior de la línea de ataque.
A la baja ya mencionada de Max Unger se suma la pérdida de James Carpenter en agencia libre, algo que dejó un interior de la línea ofensiva muy débil con Justin Britt como left guard (trasladándolo desde la posición de tackle derecho que ocupaba el año pasado), varios experimentos en el puesto de center (Drew Nowak, Lemuel Jeanpierre o Patrick Lewis, ninguno de ellos especialmente convincente) y JR Sweezy como right guard (que se mantiene del año pasado pero era claramente el peor jugador de la línea). No es que los tackles estuvieran mejor con un Okung que parece que ya no puede con el pass-rush y un Gilliam que como mucho podríamos definir como decente, pero la línea ha sufrido especialmente por dentro. ¿Resultado? Pues que Russell Wilson se ha visto sometido a mucha más presión interior, que el juego de carrera se ha visto resentido y, como consecuencia de todo ello, que a los Seahawks les ha costado muchísimo jugar bien y ganar a equipos con una línea defensiva interior potente. Y como muestra más representativa tenemos el partido de este fin de semana contra Carolina, en el que Lotulelei y Kawann Short camparon a sus anchas por el backfield durante la primera mitad y en gran medida provocaron que el partido estuviera sentenciado antes del descanso, tanto por los placajes para pérdida de yardas (incluyendo sacks) como por las intercepciones forzadas por la presión. Y ese hecho tiene como muestra representativa menos famosa que los St. Louis Rams, un equipo que en líneas generales es bastante justito, le ganara a Seattle los dos partidos divisionales esta temporada, consiguiendo un total de 10 sacks entre ambos y con Aaron Donald en plan estelar. Y sí, ese enorme bajón en la línea de ataque ha provocado que veamos a Russell Wilson hacer las mejores jugadas de escapismo que le hemos visto en toda su carrera, pero a la larga ha sido una losa demasiado grande como para que el ataque funcionara de forma consistente.
«El trade de Jimmy Graham y otras malas gestiones han provocado una pérdida de calidad en el interior de la línea de ataque de los Seahawks»
Pero para mí el problema más grave no está en el ataque porque ahí es evidente que han intentado hacer cosillas para mejorarlo; algunas como la de draftear a Tyler Lockett les ha salido bien, algunas como la de tirar la casa por la ventana para conseguir a Jimmy Graham de momento les ha salido rematadamente mal, pero al menos lo han intentado. Mi mayor problema aquí es que, aunque es innegable que Russell Wilson es muy bueno y que con un mejor supporting cast el ataque de Seattle sería mucho mejor, lo que realmente ha marcado las diferencias en los Seahawks, y por lo tanto lo que más había que cuidar en ese equipo era la defensa. Y ahí Seattle no ha hecho prácticamente nada. Es más, no es que no haya hecho nada para mejorarla sino que la ha ido empeorando con el tiempo. Hace dos años Seattle tenía la mejor secundaria de la NFL, algunos hasta podrían decir que la mejor secundaria de la historia de la NFL, la temidísima Legion of Boom, una secundaria capaz de maniatar a cualquier ataque de pase al que se enfrentara. No hace falta ver más allá del tremendo baño que le dieron al estratosférico ataque de Peyton Manning en la Super Bowl XLVIII. Y teniendo en cuenta que los miembros de esa unidad eran jugadores bastante jóvenes, pues lo lógico era pensar que esa misma secundaria fuera a dominar la liga en el futuro. Lo que se suele llamar secundaria para diez años. Pues va a ser que no. Después de dos años de desidia y dejadez, se ha llegado a un punto en el que la defensa de los Seahawks no se sustenta por su secundaria sino por su front seven.

Sí, los Michael Bennett, Cliff Avril, Bobby Wagner y compañía ahora mismo (ayudados por la irrupción de Frank Clark) son mucho más determinantes para Seattle que la Legion of Boom. Triste pero cierto. Eso no significa que Richard Sherman se haya vuelto malo de golpe, de hecho más bien sigue siendo el mejor cornerback de la liga, y por su parte Earl Thomas también sigue siendo el free safety que mejor patrulla la parte profunda de la defensa. El problema está en las otras posiciones. El puesto de CB #2 ha ido perdiendo a lo largo de estos años con las salidas de Brandon Browner y Byron Maxwell, y siempre se ha intentado que el siguiente jugador en el depth chart ocupara la posición con el mismo rendimiento (no, el fichaje de Cary Williams no cuenta como intento de mejorar, eso ya se sabía antes de empezar que no iba a funcionar). No siempre puedes sacar titulares válidos de debajo de las piedras. Ni Lane (quizá lastrado por la grave lesión de la que se acaba de recuperar), ni Shead ni Burley han sido capaces en toda la temporada de tener un rendimiento remotamente similar en su lado del que tiene Richard Sherman en el otro, algo que sí habían conseguido sus antecesores. Lógicamente, esa desigualdad en la calidad a la hora de cubrir un lado del campo y el otro ha sido explotada por muchos de sus rivales este año, algo que a su vez ha provocado una influencia de Sherman muchísimo menor en el juego porque se lanzaba muchísimo más al lado con menor riesgo. Y que Sherman desaparezca no es nada bueno. Pero aún más importante que esa debilidad en el lado derecho de la defensa (izquierdo según mira el ataque) es la otra gran debilidad de la defensa contra el pase de los Seahawks: Kam Chancellor. Se puede argumentar que el intento lamentable de holdout que hizo a principios de temporada ha tenido una influencia negativa en la flojísima temporada de Chancellor y, aunque sin duda es un factor que por narices tiene que haber afectado a su rendimiento, me da la sensación de que el problema va más allá de eso. Me explico.
El sistema defensivo de los Seahawks es probablemente el más simple de toda la NFL. A pesar de que a mitad de temporada vimos fugazmente algunas variantes con Sherman persiguiendo a receptores por todo el campo, lo que ha hecho grande a esta defensa y lo que siguen utilizando esencialmente es su Cover 3: la parte profunda está cubierta por Sherman, Thomas y el CB #2 que esté jugando en ese momento (tres jugadores en profundo, de ahí el nombre de Cover 3), mientras que Chancellor se encarga de una de las zonas intermedias, algo que esquemáticamente le permite también ser un factor importante contra el juego de carrera. Y de ahí llevan mucho tiempo sin moverse demasiado, el sistema defensivo es esencialmente siempre el mismo. Así pues, tras dos años de no hacer variaciones significativas sobre su esquema base, los ataques rivales han empezado a encontrar los puntos débiles de esa defensa y Chancellor se ha erigido en este tramo final de temporada como el mayor de todos ellos. A lo largo de esta temporada le hemos visto fallar placajes y llegar tarde a la carrera con una frecuencia más alta de la habitual, pero sobre todo le hemos visto demasiadas veces quemado en sus coberturas y viendo a lo lejos como los rivales recibían balones lanzados a su zona. No es casual. De hecho, durante este año los ataques han mandado receptores a su zona de forma bastante constante para conseguir primero la recepción y luego algunas yardas después de la misma si Chancellor no acertaba con el placaje, que solía pasar. Y más que receptores, bajo el mismo principio lo que más daño le ha hecho últimamente a los Seahawks han sido los tight ends rivales (Kyle Rudolph en el último drive ante los Vikings y Greg Olsen tanto en este último partido como en el de temporada regular, por poner ejemplos recientes), algo que no sucedía de forma tan marcada en temporadas anteriores. Y todo porque sabían donde iba a estar cada uno y cómo iba a reaccionar a ciertas combinaciones de rutas, porque hace ya mucho tiempo que llevan viendo lo mismo. O en otras palabras, los ataques rivales han encontrado en Chancellor la gran debilidad de la superdefensa de los Seahawks y la están explotando sin piedad.
«Tras dos años de no hacer variaciones significativas sobre su esquema base, los ataques rivales han empezado a encontrar los puntos débiles de la defensa de los Seahawks»
Sintiéndolo mucho, que el ataque rival ya sepa la gran mayoría de las veces donde estará y a quien tendrá que cubrir un jugador que se ha mostrado limitado esta temporada como Chancellor supone una ventaja enorme. Y es que cuando en defensa haces casi siempre lo mismo y el ataque sabe lo que vas a hacer, tienes que asegurarte de que todos los jugadores desempeñen su papel extremadamente bien, y en estos momentos en los Seahawks eso no pasa. Por lo tanto, si no quieren que este tendencia que ha cogido la defensa en esta temporada, tienen que renovarse y mejorar. Ojo, que renovarse no significa que haya que reemplazar a Chancellor con otro jugador mejor sino que, si por rendimiento no están en disposición de poder ganarle al rival haciendo lo que han hecho siempre (aunque el rival ya lo sepa de antes), quizá se puede intentar variar un poco el esquema para intentar confundir al ataque. Que para ello igual también estaría bien que dejaran de perder coordinadores defensivos y pusieran al siguiente entrenador de posición en la lista, pero eso es otro tema. El caso es que cuando se es previsible y el nivel de los jugadores va bajando es imposible que la unidad rinda a buen nivel, y si la fuerza del equipo reside en esta solidez defensiva, como es el caso, pues el equipo va a ser peor a nivel global. No hay mucho más. Y viendo los problemas tanto ofensivos como defensivos del equipo, casi que lo raro es que hayan acabado metiéndose en Playoffs.
¿Significa este bajón de rendimiento que ya se ha terminado el ciclo de los Seahawks? En absoluto. Su gran núcleo de jugadores no sólo es joven sino que está renovado para varios años prácticamente al completo, pero esta temporada se ha hecho evidente que no se puede vivir siempre de cosas que en tiempos pasados salieron bien. Por lo tanto, la experiencia vivida esta temporada debe servirles a los Seahawks para ser conscientes de que deben renovarse, pero que a la vez deben tener cuidado en cómo se renuevan porque también han comprobado que renovarse a toda costa tampoco es una buena estrategia. La situación no es nada fácil, está claro, pero tienen que hacerlo y hacerlo bien porque en caso contrario, tanto si se renuevan mal como si no se renuevan en absoluto, corren el riesgo de que su estatus de equipo puntero que aspira a todo temporada tras temporada acabe muriendo.